lunes, 15 de diciembre de 2008

UN ESCRITOR MUY RECORDADO

HORACIO QUIROGA

(Salto, 1878 - Buenos Aires, 1937) Narrador uruguayo radicado en Argentina, considerado uno de los mayores cuentistas latinoamericanos de todos los tiempos. Su obra se sitúa entre la declinación del modernismo y la emergencia de las vanguardias.
Las tragedias marcaron la vida del escritor: su padre murió en un accidente de caza, y su padrastro y posteriormente su primera esposa se suicidaron; además, Quiroga mató accidentalmente de un disparo a su amigo Federico Ferrando.
Estudió en Montevideo y pronto comenzó a interesarse por la literatura. Inspirado en su primera novia escribió Una estación de amor (1898), fundó en su ciudad natal la Revista de Salto (1899), marchó a Europa y resumió sus recuerdos de esta experiencia en Diario de viaje a París (1900). A su regreso fundó el Consistorio del Gay Saber, que pese a su corta existencia presidió la vida literaria de Montevideo y las polémicas con el grupo de J. Herrera y Reissig.
Ya instalado en Buenos Aires publicó Los arrecifes de coral, poemas, cuentos y prosa lírica (1901), seguidos de los relatos de El crimen del otro (1904), la novela breve Los perseguidos (1905), producto de un viaje con Leopoldo Lugones por la selva misionera, hasta la frontera con Brasil, y la más extensa Historia de un amor turbio (1908). En 1909 se radicó precisamente en la provincia de Misiones, donde se desempeñó como juez de paz en San Ignacio, localidad famosa por sus ruinas de las reducciones jesuíticas, a la par que cultivaba yerba mate y naranjas.
Nuevamente en Buenos Aires trabajó en el consulado de Uruguay y dio a la prensa Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), los relatos para niños Cuentos de la selva (1918), El salvaje, la obra teatral Las sacrificadas (ambos de 1920), Anaconda (1921), El desierto (1924), La gallina degollada y otros cuentos (1925) y quizá su mejor libro de relatos, Los desterrados (1926). Colaboró en diferentes medios: Caras y Caretas, Fray Mocho, La Novela Semanal y La Nación, entre otros.
En 1927 contrajo segundas nupcias con una joven amiga de su hija Eglé, con quien tuvo una niña. Dos años después publicó la novela Pasado amor, sin mucho éxito. Sintiendo el rechazo de las nuevas generaciones literarias, regresó a Misiones para dedicarse a la floricultura. En 1935 publicó su último libro de cuentos, Más allá. Hospitalizado en Buenos Aires, se le descubrió un cáncer gástrico, enfermedad que parece haber sido la causa que lo impulsó al suicidio, ya que puso fin a sus días ingiriendo cianuro.




La tortuga gigante

Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día:
—Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hace mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien.
El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien.
Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutos. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia.
Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había también agarrado vivas muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de kerosene.
El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto.
—Ahora —se dijo el hombre—, voy a comer tortuga, que es una carne muy rica.
Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne.
A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre.
La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse.
El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo.
La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre, y le dolía todo el cuerpo.
Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió entonces que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre.
—Voy a morir —dijo el hombre—. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quien me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed.
Y al poco rato la fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento.
Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces:
—El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo le voy a curar a él ahora.
Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.
Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas.
El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta:
—Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí.
Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo:
—Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires.
Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje.
La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar, se detenía, deshacía los nudos, y acostaba al hombre con mucho cuidado, en un lugar donde hubiera pasto bien seco.
Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir.
A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua!, a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber.
Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces se quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta:
—Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo, en el monte.
Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino.
Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada.
Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella.
Y sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje.
Pero un ratón de la ciudad —posiblemente el ratoncito Pérez— encontró a los dos viajeros moribundos.
—¡Qué tortuga! —dijo el ratón—. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña?
—No —le respondió con tristeza la tortuga—. Es un hombre.
—¿Y adónde vas con ese hombre? —añadió el curioso ratón.
—Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires —respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía—. Pero vamos a morir aquí, porque nunca llegaré...
—¡Ah, zonza, zonza! —dijo riendo el ratoncito—. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allá, es Buenos Aires.
Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa, porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha.
Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó enseguida.
Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios, no quiso separarse más de ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija.
Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos

domingo, 14 de diciembre de 2008

LOS CUENTOS QUE HE ESCRITO

UN VERDADERO AMIGO…


Hace muchos años atrás, escuché una historia, una historia tan increíble como simple. Se trataba de un astronauta muy famoso que desapareció por algún motivo que se desconoce oficialmente, él desapareció en uno de sus viajes al espacio.
Hay personas que dicen que fue al espacio y lo capturaron los alliens y otros dicen que simplemente sé perdió.
Yo se la verdadera historia, la increíble historia del astronauta Juan Crepacio.
Juan Crepacio era un hombre callado, alto y según sus compañeros un genio, pero tenia un defecto; nunca en su vida había conocido lo que era un amigo…
Resulta que este astronauta había descubierto un nuevo planeta, el planeta alfa-GP.
El insistía firmemente en que la vida era posible en ese lugar que hasta hoy se ha considerado inhóspito, sus compañeros lo llamaban loco, pero él siempre con la esperanza en alto decía:
_Hay vida en ese planeta y lo probaré.
Un día sin previo aviso un cohete despego de la nasa rumbo al espacio, era Juan.
En camino a probar su teoría y con la gran de ilusión de hacerse millonario con el hallazgo, pero como Juan también era un hombre muy realista pensaba ¿“sino consigo nada qué haré? ¿Me tiro de un edificio o acepto mi fracaso…?”pensó el astronauta.
Después de dos semanas viajando y de una travesía impresionante donde el único problema era su cabeza que lo hacia pensar en qué pasaría si no encontraba a su extraterrestre una y otra vez. Llego por fin al planeta y empezó a caminar, se dio cuenta que en este planeta había gravedad y también se dio cuenta de que era del tamaño de una casa de tres pisos.
Luego de tres horas de intensa caminata sin ningún provecho el astronauta se había dado por vencido. Ya regresando a la nave y pensando en su humillación escuchó un sonido como el que hace un ave al atacar, se escondió atrás de una roca y vio a un hermoso espécimen de cuerpo pequeño azulado con una pequeña cabeza, ojos y grandes manos.
Juan no sabía si estar feliz o aterrado, pero de repente el extraterrestre le dijo:
_Hola terrícola soy BCSH. Juan asustado pero asombrado de la amabilidad del extraterrestre dijo:
_Hola soy Juan, no me hagas daño por favor
El extraterrestre BCSH respondió:
_Daño…no, no soy malo, soy un extraterrestre bueno pero muy solitario vivo solo en este planeta sin salida mi único amigo murió y mi tecnología explotó, sólo quiero tener a alguien a mi lado, un…un amigo.
Juan casi llorando dijo:
_Amigo… nunca tuve un amigo… las personas no me quieren no se por qué


BCSH dijo:
_Yo no creo que seas tú el problema, el problema son los humanos que no intentan ser tu amigo, pero yo no soy humano, soy un extraterrestre, quizás tú quisieras ser mi amigo.
Juan respondió alegremente:
­_Sí, claro que sí, por fin tengo un amigo.
Inocentemente Juan preguntó:
_ ¿Qué es un amigo?
BSCH quedó pensando que podría ser esa alegre sensación de tener a alguien a su lado para poder hablar un…un amigo y respondió:
_Un amigo es una persona increíble que te ayuda, juega contigo y habla de sus problemas contigo.
Juan, que nunca había experimentado esta situación, quedó asombrado y feliz de tener a su primer y verdadero amigo.
El astronauta y su amigo alíen eran los mejores amigos del universo, eran inseparables siempre juntos y hablando de la tierra y del universo.
Varios días pasaron y su amistad se hizo cada vez más fuerte pero surgió un problema: el traje del astronauta Juan empezaba a quedarse sin aire.
Juan estaba muy triste porque si seguía así su amistad se tendría que acabar porque él se tendría que ir de vuelta a la tierra. Juan no le dijo nada a su amigo BSCH pero BSCH sospechaba que algo estaba mal porque Juan no estaba siendo tan abierto en las conversaciones.
Unas horas después BSCH le pregunto a Juan:
_ ¿Qué estaba pasando?, pero Juan no respondió nada. BSCH no renunció a su pregunta y preguntó tres veces más ¿qué está pasando? Y luego agrego:
_Si eres mi amigo dime
Juan, por el temor de perder su amistad respondió rápidamente:
_Mi traje se queda sin aire y tendré que irme para la tierra mañana
BSCH respondió aliviado:
_El aire no es problema aquí hay aire porque en el centro del planeta hay agua y eso genera el aire.
En es momento Juan se sintió más feliz que en toda su vida y dijo:
_Este planeta es el mejor de todos.
Un mes después de la que hasta ese momento había sido la primera tragedia que tuvieron en el planeta alfa-GP, los dos amigos lograron construir una enorme casa para los dos.
La casa era perfecta, pero no duró mucho tiempo, una banda de neptunianos destruyeron la casa por completo y Juan casi muere, se cayó y que quedó flotando en el universo, BSCH pudo salvarlo gracias a una moto que habían encontrado en otro planeta.
Parecía que el destino jugaba en contra de su amistad pero todo cambio con un inesperado giro de suerte
Los neptunianos dejaron un arma que podía hacer agrandarse las cosas, los amigos agrandaron su planeta, agrandaron y arreglaron su casa para poder seguir viviendo en ella
La vida para ellos no podía ser mejor: vivían en un éxtasis completo pero algo inesperado iba a cambiar la vida de los dos para siempre.
Un día cuando Juan despertó, vio a su amigo y tenía la piel verde. Juan gritó aterrado:
­_BSCH, ¿qué paso contigo?
BSCH pregunto aterrado por la actitud de su amigo:
_ ¿Qué pasa?
_Tu…tu piel esta verde, ¿Cómo pasó?
BSCH respondió en llantos:
_Es una enfermedad que se contagia por el arma que conseguimos de los neptunianos, pero pensé que no lo tenia, y peor aun es contagiosa y mortal si te quedas cerca mío morirás, vete.
Juan no supo que responder, tenia que elegir entre la vida y su primer y único amigo, entonces dijo:
_No…no me iré de aquí, de ningún motivo no
BSCH le advirtió:
_Si te quedas morirás vete por favor.
Juan siguió manteniendo firme su opinión:
_No me iré, escucha, mi vida es horrible si vuelvo será peor, no tendré nada ahora tengo algo, te tengo a ti y tú…tú eres mi único y verdadero amigo y si tengo que morir, moriré pero moriré a tu lado…amigo.
BSCH no dijo nada, sólo cerró los ojos y espero su muerte.
Juan gritó como nadie ha gritado, fue un grito que calló a todo el universo, que finalizo una gran amistad para seguirla en un mejor mundo.
Después del grito nadie sabe que pasó con Juan, si regresó a la tierra o si murió ahí, pero la verdad es que él murió para honrar y proteger a su gran único amigo BSCH.
Esta es la verdadera historia del único astronauta que ha llegado a conocer un alíen, no solo lo conoció sino que fue su verdadero amigo.
Esta es una carta, es mi carta, yo soy el verdadero Juan Crepacio, espero que esta carta llegue a alguien, use mi nave para lanzar esta carta y espero que sea leída y que alguien sepa la verdad sobre el planeta alfa-GP.


FIN

viernes, 12 de diciembre de 2008

UNA FAMILIA DISTINTA A TODAS

LA FAMILIA ANIMAL

Cuando tenía 7 años, vivía en Salto con mis padres y mí perro Duke, en una casa muy linda de dos pisos, al lado de nuestra casa vivía una familia de una mujer y su esposo, ellos tenían aproximadamente 30 años cada uno.
Salto era un lugar muy caluroso siempre teníamos las ventanas abiertas, pero la casa de al lado nunca abría las suyas, y casi nunca salían afuera.
Un día mi amigo Maxi y yo estábamos tan aburridos que decidimos entrar a la casa a ver porque era tan rara y misteriosa.
Cuando entramos no había nadie, y todo estaba muy oscuro, para solucionar los problemas Maxi encendió una luz, de repente un gato blanco salto a su cabeza y lo mordió. Maxi se deshizo rápidamente del gato, mientras buscábamos alguna pista para probar que los dueños eran brujos, escuchamos un ruido en la puerta del frente, era un ladrón que estaba entrando a la casa, nosotros apagamos las luces y no escondimos debajo de la cama.
El ladrón entró a la casa, pero el mismo gato que nos atacó, dio su segundo golpe del día. El ladrón agarró al gato y lo encerró en una jaula de pájaros que había en la casa y siguió viendo la casa para ver qué podía robar.
De pronto se escuchó un ruido, era un león encerrado en una jaula, el ladrón empezó a gritar como loco, pero se calló enseguida al ver al león encerrado.
Tranquilizado el ladrón empezó a robar joyas y otras pertenencias, cuando se fue de la habitación nos adelantamos y trancamos la puerta del frente.
El ladrón, luego de conseguir un gran botín trato de irse por la puerta principal, pero no pudo abrirla, trato de escaparse por el fondo, pero cuando abrió la puerta se encontró con cientos de animales, había pájaros, reptiles, lobos, tigres, perros y un centenar de gatos.
El hombre se desmayó del susto, nosotros fuimos para el fondo para ver lo que parecía ser un zoológico, pero primero atamos al hombre y lo encerramos.
Nosotros, que apenas teníamos 7 años de edad quedamos asombrados ante la presencia de estos especímenes.
De la nada escuchamos una voz que nos dijo:
_ ¿Qué hacen aquí?
Dimos vuelta la cabeza y era un gato enorme que nos hablaba. Asombrados le contestamos:
_Hola… estábamos aquí, porque queríamos saber porqué los dueños de la casa siempre tienen todo cerrado y oscuro.
El gato nos dijo amistosamente:
_Bueno, mira, los dueños dejan cerrado porque tienen miedo de que alguien nos encuentre y que descubra que hablamos, por que todos somos seres inteligente0073
Nosotros le dijimos:
_No te preocupes, tu secreto está a salvo con nosotros.
Así resolvimos el misterio de la familia animal, una familia amante de los animales.
Al otro día hablamos con los dueños de la casa, que nos explicaron por qué tenían tantos animales.
Los dueños aman a esos animales, los animales viven como reyes comen en platos de plata y duermen en las alfombra; ellos nos explicaron que tenían tres pisos subterráneos para las mascotas.
La familia no era nada rara, eran muy divertidos y alegres, desde ese día me hice amigo de los animales y ahora voy todos los veranos a jugar con ellos.



FIN

jueves, 11 de diciembre de 2008

UN ASESINO DIFERNETE

UN ASESINO CON SENTIMIENTOS

Hoy en día cuando uno va a cazar, se recuerda la historia de un cazador, al que todos daban por miedoso, claro a él no le importaba, ya que él amaba a los animales, sólo hacía pasar por un cazador para impresionar a sus amigos y por la publicidad.
Él señor se llamaba Juan. Juan para hacerles creer a sus amigos que nunca lo vieron en acción que el era un gran y valiente cazador compraba pieles de animales y las guardaba y decía que eran las pieles de los animales que él había cazado.
Un día Juan se disponía a salir en su excursión de falsa cacería, cuando se enteró que sus amigos también irían.
Sus amigos brillaban de felicidad al saber que por fin verían al gran cazador Juan.
A diferencia de sus amigos Juan temblaba de nervios y de angustia, con sólo pensar qué pasaría si sus amigos lo descubrieran en su treta.
Los amigos de Juan se acercaron a él y lo llevaron ya que se había quedado tieso por verlos, sin embargo los amigos pensaron que era de felicidad, ya que el siempre decía que le gustaría ser acompañado por ellos en una de sus excursiones.
Juan, que todavía no sabía como salvarse de esta mala pasada, arranco el auto y se dispuso a seguir.
Juan pensó que si no pasaba por lugares con animales, nadie descubriría su treta.
Avanzaba y avanzaba sin frenar en ningún lugar, ni el que sus amigos le decían, ya se había pasado un largo rato, y los amigos de Juan empezaron a sospechar.
Juan tenía una excusa para todos los animales “muy alto, muy flaco, muy feo…” cualquier cosa.
Se acercaba la noche y la hora de irse y sus amigos ya pensaban que Juan era un cobarde, Juan se había dado cuenta de eso por eso paró el auto, tomó su escopeta y se dirigió a un tigre que había en un árbol.
Sus amigos se emocionaron al ver que su Juan no era un miedoso y empezaron a grita “Juan, Juan…”.
El tigre que Juan se disponía a cazar, era grande y fuerte pero como estaba comiendo no veía a Juan.
Juan sintió lastima por el tigre y gritó muy asustado “amigos no lo haré es muy viejo”, los amigos lo tomaron como miedoso, se rieron de él, luego se metieron en el auto.
Juan rojo por la ira le disparó un certero disparo en la espalda al tigre y lo mató.
Los amigos de Juan sorprendidos lo felicitaron y lo ayudaron a llevar el cuerpo del tigre.
Juan se sentía muy orgulloso por su primera caza, colgó al tigre en su pared para recordarse lo valiente que era.
Un día esplendoroso por su presa se paró en frente de ella, la miró fijamente, y de repente su felicidad se terminó en un mar de lagrimas y gritó
_ ¿Qué he hecho?
El cazador se fue llorando.
Nadie nunca volvió a saber de el, solo se sabe que nunca mas cazo a otro animal.


FIN